Un rayo de luz: Isadora Duncan

Isadora duncan

Siempre nos han dicho que el arte es expresarse, pero después de que las bellas artes tomaron un dominio evidente sobre la escena, lo demás que pueda considerarse arte, debe pasar por la academia.

Sí, sí puedo porque esto es internet.

Como un rayo de luz.

Decía Isadora Duncan que la bailarina debía moverse como una luz, “posarse en la tierra con la naturalidad de un rayo de luz”.

He aquí una de las más difíciles “naturalidades”. Y cuando digo naturalidad difícil no estoy ciertamente jugando a la paradoja, porque todos sabemos cuántas trabas se va echando el mundo por delante en la tarea de producirse naturalmente.

Cuando el hombre se cree un héroe por rebelarse contra el paisaje estatuido y saltar con violencia los diques de la Naturaleza, en realidad lo que está haciendo no es más que una fuga, y salvo sutiles diferenciaciones, es evidente que el ninguna fuga hay heroísmo.

Lo heroico está en el gesto titánico del ente humano que siendo sólo un poco de arcilla animada, aspira a competir con ese misterio que llamamos la Naturaleza, a arrancarle sus secretos de las garras, a disputarle palmo a palmo el planeta donde ella estará siempre y él sólo estará unos cuantos años.

La naturaleza dispone de truenos y de rayos, de agua y fuego y tinieblas para producir el espanto de una tempestad; y el hombre se pone a hacer lo mismo -o hacerlo mejor- con solo siete notas en el pentagrama o siete colores en el arcoiris.
Esto es de veras heroísmo.(…)

Isadora Duncan dice sencillamente, casi como si hablara a la ligera, que la bailarina debe moverse como una luz, posarse en la tierra con la naturalidad de un rayo de luz sobre las flores.

Pero hay que pensar que esa naturalidad, esa blandura con que el rayo de luz llega a la tierra, las ha conseguido después de caminar millones de años por el vacío (…).

Nosotros vemos la luz blanquear las flores de nuestro jardín, pero nada sabemos de ésa su carrera silenciosa, infinita, donde se ha ido despojando de toda materia, de toda impureza, para alcanzar, etérea, ingrávida, la rosa de un parterre.

(…)

Dulce María Loynaz.

Fragmento del texto publicado originalmente en el periódico habanero “El País”, el 7 de noviembre de 1948, en la sección que firmaba el esposo de Dulce María Loynaz, el periodista Pablo Álvarez de Cañas. Por sugerencia de los editores, fue incluido, a manera de exordio, en la tercera edición de “Diálogos con la Danza”, realizada por la Universidad Complutense, de Madrid, en 1993, pp. 9-10, cuando la escritora acababa de recibir el premio Cervantes.

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