La cultura mediática del cuerpo

Leonardo Da vinci

Siguiendo con la entrada anterior, ahora me referiré a  una cultura del cuerpo más mediática, a una cultura que remitire en primera instancia, a un aspecto sin duda más frívolo acerca cuerpo; donde la silueta de una mujer e incluso un pie o un ojo se convierten en objetos que pueden proporcionar riquezas o generar hábitos de compra o nuevas tendencias estilísticas o fashionistas, cortes de pelo y todos aquellos productos relacionados con la ‘belleza’ y el ‘buen gusto’, con lo que está in y lo que está out, lo que es cool, al contrario de lo que se conoce en el slang como lo fake, lo powser, etcétera. Por esta vía remite incluso a la mercadotecnia y no se terminaría de hablar de las agencias promotoras y de las anuncios publicitarios.           

Me vería obligado a hablar de cuando el cuerpo se vuelve cultura. Para ello tendría que aclarar a qué nos referimos con esta afirmación que ya decantó Margarita Tortajada. Por un lado, se tiene a toda la justificación de las ciencias y las artes, con su devenir histórico y complejo entramado de simbologías, reminiscencias, acaecer histórico, distintas épocas y representaciones, cada una con sus contingencias, determinaciones, además de las consecuencias históricas y las aún latentes. Y por otro lado, se tiene la idiosincrasia criada en el seno de la modernidad occidental que poco a poco, no sin esfuerzo, se ha ido encaminando hacia los derroteros de lo fútil, por senderos con piso de mármol pulido por la vanagloria del ego, por el fetichismo del capital, por la filosofía del egoísmo, de lo superficial, del time is money¸ de lo insustancial y anodino, de lo tan estúpidamente materialista: por lo concreto, lo tangible y lo vano, de los maniquíes vestidos no de la misma forma sino con el mismo estilo, bajo la misma tendencia; así hemos creado un colérico monstruo en constante celeridad de una mancha voraz, un Leviathán diabólico, un Mr. Hyde o un ente, que comienza a dictarnos qué comer y qué vestir, que nos habla de tallas doble cero, de Miss Universo, de Miss World, de 90-60-90; y gracias a esos estándares es posible en la plástica la existencia de contradiscursos como el de Botero.          

El flechado
No obstante también existen culturas del cuerpo distintas a la occidental, porque existen más humanos y más civilizaciones, sin embargo, su cultura, sus cosmovisiones, su teología, sus ritos y sus representaciones son semejantes, pues desde el punto de vista fisiológico no distamos mucho entre seres de la misma especie —salvo a veces la estatura, el color del piel y otra serie de cosas que han provocado discordias y malentendidos sociales—; pero que muchas otras remiten a otro universo de igual o mayor complejidad, a otra cosmogonía, a otra forma de pensar y de ser en el tiempo, a decir de Heidegger, a otra idiosincrasia, a otra historia lejos de los atributos de la razón. Pero, pese a toda esta diversidad siempre habrá como afirmó Octavio Paz, una representación artística, una forma de arte, es decir, una forma de expresar y representar lo metafísico en lo terrenal; he ahí ese puente entre lo inexistente y hacerlo aparecer en el mundo como un objeto o un acto poético. Para ello Eugenio Barba se sirve del teatro katakhali, así como Octavio Paz se nutrió del teatro Nô, sin embargo, a mí me gusta remitirme a un ejemplo que proviene del budismo zen, y que también se encuentra en la doctrina de Krishna, la cual habla de que el cuerpo, es decir, del artista, que debe ser capaz en primera instancia, de vaciarse por completo, de deshacerse de sí —como Stanislavski lo propondría posteriormente— de suspender el diálogo interior, de concentrarse en la nada, de eliminar el yo, de comenzar la ruta del desapego, el ‘camino del guerrero’ de los brujos mexicanos, de eliminar todas las creaciones e imposiciones sociales, para poder llegar a interpretar un Hamlet, un Fausto, como lo describió inmejorablemente Peter Brook y Yoshi Oida, o de eliminar las creaciones de la neurosis, o de eso que Freud llamó ‘el malestar en la cultura’, de soslayar las caracterizaciones sobrepuestas por los roles sociales, por la cotidianidad que denunció Erwing Goffman y sus estudios en los internados psiquiátricos. De vaciarse de todo y dejar lo que verdaderamente sirve, porque es eso precisamente lo que somos, se trata de parecer vacío como una flauta, dejar que el mundo pase a través de nosotros como las notas a través de la flauta, sin permitir que ninguna permanezca más de lo necesario en el interior; así podrán transcurrir todas, una o un millón de veces, pero nuestro cuerpo permanecerá vacío con una flauta de bambú.

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